TORPEZA: Por Federico Sáenz Negrete

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*Miedo, parálisis, resurrección de la democracia

De la esperanza a la torpeza, de la torpeza al miedo, del miedo a la parálisis, de la parálisis a la negociación, de la negociación a la resurrección de la democracia.

Como toda sociedad en el mundo la mexicana tiene, simplificando, cuatro sectores.

Un sector pujante, moderno, triunfador, que acumula riqueza gracias a sus aciertos, al innegable aprovechamiento de oportunidades y la certera elaboración de alianzas con ciudadanos en semejante situación además de uno que otro contubernio con personajes que ostentan el poder. Son muy ambiciosos, la riqueza causa una extraña adicción en la que un torbellino irresistible encauza la energía hacia la promesa del infinito inalcanzable.

Un sector medio que opera con eficiencia y conocimiento, razonablemente bien retribuido pero que tiene la limitante de no ser parte del círculo íntimo de los que resuelven los asuntos importantes, aunque son imprescindibles para la buena marcha en todas las negociaciones, ya sea de la empresa privada, de los organismos intermedios o del mismísimo gobierno gracias a su inteligencia, sus habilidades y sus conocimientos. Aquí están también los pequeños y medianos empresarios. Son razonablemente felices, sus limitaciones les evitan caer en ambiciones desmedidas y pueden distraer parte de su atención hacia lo que realmente importa en la vida.

Un sector operativo que está en la trinchera de la acción trabaja con mucha dedicación, esfuerzo y casi nula capacidad de decisión. Le llegan los asuntos ya cocinados y tiene que ejecutar a cabalidad el manual que le han entregado para que aplique la partitura sin desviarse un solo acorde y sin salirse de tono. Sienten que ellos son los que llevan a cabo la producción y se perciben insuficientemente retribuidos. Tienden a estar inconformes y son proclives a rebelarse cuando ven que su situación es frágil, que su futuro es endeble. Tienen poco espacio para progresar y en cualquier momento reciben en su cara los ajustes cuando la situación así lo requiere, mastican con amargura y resignación los reordenamientos “estructurales”.

El cuarto grupo está integrado por los inadaptados, los olvidados, los relegados, los que aparecen en las estadísticas como receptores de subsidios, acarreos, programas, regalos, canonjías, manipulaciones y tienen su situación prendida con alfileres. Carecen de empuje, su voluntad ha sufrido demasiados recortes ante el embate arrollador de la realidad y ante su poco desarrollada capacidad de respuesta. Son pasto seco dispuesto a alimentar las llamas de cualquier incendio.

Toda sociedad busca que este grupo tenga pocos integrantes y su número es una buena medida del éxito o fracaso de cualquier régimen (conjunto de varios gobiernos con una misma línea, estrategia o ideología).

He encontrado estos cuatro engranajes en todas las sociedades del mundo, pero en diferente proporción y en diferente disposición.

A través de la historia he visto gobiernos que alientan, pero acotan al primer grupo, lo encauzan, le dan certeza dentro de estrictos límites, lo ponen al frente del tren para estirarlo, lo convocan a trabajar para que el convoy avance y todos nos beneficiemos. Cuando este grupo no está contento, esconde piezas indispensables para que funcione la maquinaria, deja de promover la economía, se dedica a especular, voltea a ver opciones para modificar el entorno y puede perder su sentido de responsabilidad comunal y dedicarse a beneficiarse en lo individual de manera radical.

También he visto gobiernos que cuidan y promueven al segundo grupo. Le otorgan becas, le dan facilidades, cuidan sus prestaciones, procuran desarrollarles opciones y son amables con sus ideales, sus anhelos y sus querencias. Este grupo le genera al país sentido de pertenencia, endulza la vida, crea entorno amigable, brinda armonía y establece una atmósfera de desarrollo y fraternidad. Si este grupo no se siente tomado en cuenta, genera alternativas radicales, promueve teorías ajenas y puede llegar a manifestarse desde organismos civiles independientes para intentar cambiar la ideología y el sistema de convivencia de la sociedad.

Pocas veces he visto que se atienda bien al tercer grupo. Se les toma por sentado, como si este grupo si tuviese que cargar sobre sus espaldas con la bíblica sentencia de “ganaras el pan con el sudor de tu frente”. Guardan resentimiento debido a que se les trata como “grupo” y no como personas. Son el eje que soporta la estructura de la sociedad y son ellos los que la hacen funcionar, lo saben, pero no son capaces de generar alternativas.

Cuando se les pone atención, reciben una justa retribución y gozan de una atractiva política de desarrollo de habilidades y de promoción sustentable de su carrera, se convierten en un blindaje imbatible en el mantenimiento del status quo. Son muy agradecidos cuando ven que su esfuerzo es apreciado y retribuido, cuando ven que no corren peligro y que su situación es estable, son fieles aliados del primer grupo.

El cuarto grupo es el punto de enfoque de todos los grupos políticos. Es un grupo abierto, ahí van a dar muchos del tercer grupo cuando son ignorados, también los más “revoltosos” del segundo grupo cuando son despreciados. Los inconformes del primer grupo, hacen alianzas con algunos políticos para azuzar a “gente” y provocar inestabilidades al gobierno que no es de su agrado.

Sobran políticos que inflan el padrón de ciudadanos que integran el cuarto grupo y lo hacen a base de dádivas para atraer a los inconformes del segundo y del tercero a este cuarto grupo que es sumamente manipulable.

En este nuestro querido México, veo un primer grupo muy divorciado del resto, muy ensimismado con su ranking en el escalafón mundial pero muy distanciado de su aceptación entre sus compatriotas de a pie. Nunca viajan solos ni por veredas desprotegidas, no conocen el transporte público, no saben cómo viven sus colaboradores, no caminan la calle, desconocen lo que se habla en las taquerías, los bares, las tabernas.

Su interacción es con su mundo, con su círculo cerrado. Ignoran y no tienen interés en los problemas de sus colaboradores ni de sus proveedores, pequeños y medianos empresarios, que sufren hasta la extinción cuando no se dignan cumplirles en tiempo lo previamente pactado, que ya de suyo había sido negociado hasta el límite. No tienen idea real de lo que pasa y sus percepciones están muy filtradas por su experiencia.

Esto es sumamente peligroso pues el líder de una sociedad tiene que conocer sus entresijos, saber, conocer, palpar, intuir, olfatear, los sentimientos y las aspiraciones de sus conciudadanos. Ejercen su poder más por combinación de factores que por el resultado de un plan bien elaborado y magistralmente ejecutado. Tienen, sin duda, la capacidad de enmendar y de convertirse en la punta de lanza de una nueva sociedad que recupere a México el primer lugar mundial que ya tuvimos en el siglo XVIII.

Veo a un segundo grupo muy acotado y muy ignorado, resentido y lastimado, desorientado y confundido. Aun así, es un grupo resiliente y con una capacidad enorme de levantarse y seguir luchando. Sólo se requiere honestidad y transparencia, firmeza de rumbo y claridad de objetivos para que este grupo se rehaga y se ponga a trabajar de manera coordinada, con armonía y sustentabilidad, en bien del país.

El tercer grupo lo veo bien capacitado, bien engranado, con una enorme voluntad de trabajo, pero a punto de volver a caer en las garras del sindicalismo de “antes” debido al resentimiento que carga y al “canto de las sirenas” que los líderes irresponsables ya empezaron a entonar. Ha disfrutado de una relativa prosperidad, muy acotada, pero que aprecia y quiere acrecentar. Requiere paz laboral y una mejor retribución.

En el cuarto grupo es en donde veo el gran riesgo. Pocos de mi entorno lo perciben, tengo dificultad para comunicarlo. Aquí están los que no encajaron debido a su falta de esfuerzo, a la falta de oportunidades, a injusticias de la vida o a circunstancias difíciles de comprender. El problema es que es un grupo demasiado numeroso en este país, así la sociedad no funciona en armonía. No se le ha puesto atención a este grupo más allá de las dádivas para obtener su voto. Conforman un polvorín que podría hacer estallar al país. Hay mucho resentimiento, frustración y hasta odio.

He escuchado demasiadas veces la amenaza de que “ya estamos listos”. ¿Para qué? No quiero ni imaginarlo. Es indispensable desactivar esta bomba social sobre la que vivimos con demasiada complacencia.

Me queda muy claro, en estos primeros 100 días del nuevo gobierno, que a la distancia quiere constituirse en nuevo régimen, que AMLO representa para este cuarto grupo la última oportunidad antes de levantarse en armas, de promover el caos social, de destruir mucho de lo que nos ha costado tanto como sociedad construir.

Como sociedad, no tengo duda, tenemos un presidente que ha desactivado, por el momento, la bomba que iba a estallar. Como ciudadano espero que el presidente encuentre el equilibrio para recuperar la voluntad y el ánimo del primer grupo, la aceptación del segundo, refrendar el ánimo del tercer grupo y poniendo a trabajar a la sociedad en su conjunto, logremos resolver por fin, el tremendo acertijo que el cuarto grupo plantea a nuestra convivencia.

Si lo hacemos, nuestra democracia, aún adolescente, se habrá consolidado al resolver, digerir y trascender sus limitaciones. Si sucumbimos, si nuestro presidente no logra integrar la mezcla adecuada, si ante el agobio, el acoso de los factores de poder opta por utilizar su innegable popularidad y afianzarse en el autoritarismo o si los factores de poder intentan algo inadecuado, habremos de involucionar demasiadas décadas en nuestro desarrollo.

Aún me queda esperanza, espero que las acciones sensatas de gobierno me la reafirmen. Por lo pronto, hay que refrendarle al presidente que estamos con el país, con México.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.