Por Teresa Gurza

La música y Chile están de luto por la muerte de Antonio Prieto, quien me parece el mejor cantante de boleros y baladas de todos los tiempos.

Guapísimo y con excelente figura, Prieto tenía todo para destacar; y lo pudo hacer con muchísimas canciones y en muchos países.

Su voz, al mismo tiempo fuerte y aterciopelada, era como mandada hacer para entonar uno de sus mayores éxitos, La Novia, compuesta por su hermano Joaquín y que lo inmortalizó al relatar con pasión cómo la blanca y radiante novia llega al altar enamorada de otro; y como llora y miente al dar el sí, al que sería su marido.

También era ideal para La Barca o El Reloj, del compatriota Roberto Cantoral, y que creo nadie cantó nunca con más sentimiento y talento.

Nacido hace 85 años en la ciudad de Iquique del norte chileno, Antonio, quién también fue actor, murió este pasado viernes en Santiago, la capital chilena, y fue enterrado en Viña del Mar, donde vivía.

Desde hace cinco o seis años tenía Alzheimer; y eso lo tuvo alejado de los escenarios.

Se notaba que ya le empezaba el mal, cuando en 2002 Chile le rindió homenaje en el Festival de la Canción de Viña del Mar, homenaje que lo conmovió porque siempre se quejaba, de alguna manera con razón, de que había sido más reconocido fuera que dentro de su patria.

Lo conocí hace cuatro décadas en México porque era muy amigo de mi actual esposo, Matías; los dos chilenos viviendo en tierra extraña, buenos golfistas y hombres bohemios, románticos y apasionados, se hicieron pronto muy cercanos.

A Antonio le encantaba cantar a todas horas, tuviera o no instrumentos musicales cerca; y en algunas reuniones lo hizo acompañado de Lucho Gatica, quién por esos años 70 estaba casado con Mapita Cortés y también residía en México.

Lo dejé de ver hasta hace unos siete años, cuando nos invitó a comer al Club de Golf de Viña del Mar, para luego en su casa contarnos feliz que acababa de llegar de Buenos Aires, donde había regrabado La Novia y El Reloj en un muy buen estudio discográfico que contaba con todos los adelantos electrónicos de que se carecía cuando él era joven y exitoso; disco que, por cierto, le dedicó a Matías.

Y comentó riendo que increíblemente no se había vuelto rico con la música, sino vendiendo helados; porque el dinero que no le dejó la carrera a la que dedicó tanto esfuerzo y tantos años, se lo estaban dando a raudales las varias sucursales de la heladería ‘Bravíssimo’, que causaba y sigue causando furor en Chile, país que tiene uno de los más altos records mundiales de consumo de helados.

Precisamente en recuerdo de sus tiempos en México, bautizó a algunos de sus más sabrosos sabores con nombres típicos de nuestro país.

Antonio no sólo fue famoso en México y en Chile, porque cantando recorrió Argentina, Italia y España; y también fue productor de discos.

Y ahora con motivo de su muerte, me enteré de que tres de sus nietos, Teresita, Marcos y Felipe Cabeza, siguieron a su abuelo y son ya conocidos cantantes.

Que descanse en paz…